La consagración del Festival de Flamenco de Almería dentro del cartel nacional tuvo lugar hace ya bastantes años, algo que demuestra la celebración este año de la edición número 41. La noche flamenca vivida ayer reafirma esto último pero, además, denota la buena salud de la que goza este evento, que cerraba de manera magistral, una edición en la que los grandes de este cante, convertido en arte, no faltaron a su cita por las tablas almerienses. El certamen organizado por el Área de Cultura del Ayuntamiento de Almería sigue en lo más alto de las citas flamencas de España.
La última jornada presentaba un cartel plagado de grandes estrellas consagradas como El Cabrero con nombres de gran peso e importancia en el panorama almeriense como es Rocío Segura. Y continuando con la tónica habitual que ha rallado esta 41ª edición, el patio de La Salle se volvió a llenar para disfrutar de una condensada noche de flamenco del más alto nivel.
El primero en subir a las tablas fue el polifacético José Domínguez El Cabrero. Un cantaor que conjuga su genialidad, talante, personalidad y postura vital en un cante comprometido sin aditivos y con los grandes temas que preocupan a la humanidad. Su repertorio, basado en los palos más duros del Flamenco, como la Soleá, la Seguiriya o las Tonás, estuvieron presentes en la noche de ayer. Comenzó por soleá para cambiar de palo y hacerlo por bulería. Entre cante y cante, afirmaba al público, entre los que se encontraban un gran grueso de sus fieles, “que me salgo del pellejo”. Dialogante en todo momento, consiguió conectar con los presentes con su sobriedad, fuerza y autenticidad y más de una vez arrancó de los mismos grandes carcajadas, algo que ejemplifica la apabullante personalidad que destila. “A mí no me domó nadie, nada más que la música” apuntaba.
Coplas de su repertorio como ‘El Macho Montés’ eran intercaladas durante la actuación con un homenaje a uno de los grandes de este arte, Manolo Caracol, al interpretar con su potente voz ‘Caracol, caracol’. Cantes, acompañados por la guitarra de Rafael Rodríguez, que arrancaban al público a ponerse en pie y aplaudir efusivamente. Aplausos, que por otro lado, se convirtieron por ende en una gran petición popular que llevaron a El Cabrero a interpretar dos cantes más improvisados, dos fandangos, que dejaron vislumbrar la brillantez en el cante de un cantaor aferrado a la raíz, tanto en el arte como en la vida, y que jamás ha renunciado a ejercer su oficio de cabrero, pese a su dilatada y exitosa carrera flamenca –atesora a sus espaldas 17 discos de Flamenco